César Luengo desarrolla un mundo de imágenes inquietantes. Un rincón de un jardín, un fragmento de arquitectura se cargan, bajo la mirada del artista, de una poderosa intensidad poética. Y es precisamente esa peculiar mirada la que les confiere su fuerza. Visiones de un entorno cotidiano, frecuentemente trivial, son transmutadas, redefinidas por una atmósfera de marcada evocación romántica. No es, pues, el modelo, ni tan siquiera el planteamiento básico de ejecución, lo que nos define la naturaleza de la obra, sino algo más sutil, un abismo casi imperceptible, el acento que imprime el artista al modelo y al lenguaje para definir su propio lugar. Desde él, lo más cercano puede impregnarse de la bruma del misterio.

Fernándo Huici

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